The New Yorker
Antes de que me tachen de snob por escribir sobre el documental que puede verse en Netflix en España con motivo de los 100 años de la revista, diré que me importa poco. Al igual que a David Remnick, el director de la revista desde hace más de 25 años, le importa un pito que le digan que The New Yorker tiene moralina porque publica temas de calado, porque tiene un propósito y porque hace que las cosas cambien. Podríamos llamarlo trascendencia.
No es snobismo, es un producto periodístico de una enorme calidad que mantiene el rumbo a pesar del asedio digital, pero especialmente, a pesar de una gran parte de la industria, que ha optado por buscar la monetización a pesar de la información, en lugar de cuidar la información para garantizar la monetización. Son dos miradas muy diferentes sobre lo que la profesión debe ser.
El documental es muy bueno, al menos para los que buscamos o intentamos poner un poco de trascendencia a lo que hacemos. Porque no es lo mismo solo hacer que buscar trascender. Y trascender no es otra cosa que generar un movimiento. Algo que permanece indeleble en los que lo experimentan desde uno u otro lado. Los movimientos siempre cambia cosas. Los que se limitan a hacer el check, a hacer lo que se espera de uno y no lo que uno debe hacer para cambiar a mejor el estatus de las cosas, hacen débiles y muy vulnerables a las organizaciones.
Son casi dos horas de reencuentro con reportajes que cambiaron sociedades e impactaron en la manera de entender la realidad, el mundo o la literatura. El mítico reportaje de Hersey sobre Hiroshima, la prosa tenaz y vibrante de Baldwin, los excesos y vanguardias de Capote, la valentía de Ronan Farrow o la apuesta interna por el fact checking para garantizar la calidad del producto final.
Tal y como dijo Harold Ross, editor y fundador de The New Yorker cuando un redactor vino a decirle que renunciaba:
“You can’t resign from a movement”


Grandes aprendizajes para los periodistas y los que nos dedicamos al mundo de la comunicación. Desde los procesos de creación, a la gestión de las historias, los procesos de verificación, reportajes que se han convertido en míticos y la visión de David Remnick: convertir The New Yorker en genial y humana. Muy humana. Con historias reales que expliquen una ciudad y un mundo global.