Candeleda
Es mi primera memoria. Es el pueblo donde nació mi padre. Es mi santo grial y mi anatema. Es el lugar al que me transporto cuando huelo a noche de verano o a lumbre en navidad. Es lo que pudo haber sido y nunca fue. Es el reducto invadido hoy por los famosos que han convertido en segundas residencias las casas del llano, las caballerizas y los secaderos de tabaco en el camino de Chilla. Es el recuerdo del agua fresca de las gargantas coronadas por la Peña Caballera y escoltadas por el imponente Almanzor, que siempre me impuso y me atrajo a partes iguales.
Habiendo cruzado ya el medio siglo de existencia, es imposible no rendirse a la evidencia: los recuerdos de la primera infancia racional perduran y moldean el carácter de las personas más que nada en la vida.
Mis veraneos allí, las semanas santas, algunos fines de semana y las navidades forjaron en mi impresiones, intuiciones y un carácter que están más unidos a mis experiencias en Candeleda que a cualquier otro sitio en los que viví, con la excepción de los tres años en Huelva que fueron, con diferencia, los más felices de mi infancia.
Probablemente sea mi mirada híper adulta y menos azarosa o el rechazo a que el pueblo haya caído en el mainstream popular, pero la Candeleda de mis recuerdos resiste ante el embate del famoseo y las mansiones decoradas. Si en los ochenta ver a John Major, primer ministro británico por aquel entonces, comprar en la carnicería de la calle Corredera era la comidilla del pueblo, esta rápidamente quedaba diluida por las andanzas de Teodoro, el concierto de Leño y Asfalto en el antiguo campo de fútbol Cantalejo, un incendio en la carretera de Arenas de San Pedro o por los rifirrafes de los furtivos y la guardia civil por la caza ilegal de la cotizada cabra montés de Gredos.
Los días en la Vega de la Zarza y las caminatas a la Laguna Grande desde Hoyos del Espino han sido las más míticas experiencias en mi tierna infancia y permanecen vívidas como si las estuviera disfrutando ahora mismo.
El cementerio de Candeleda ofrece las mejores vistas con diferencia del macizo central de la Sierra de Gredos. Allí íbamos con mi padre algunos domingos a visitar la tumba de mi abuelo, al que no conocí porque murió un mes de abril de 1973 y yo nací un mes de noviembre de ese mismo año. Allí, delante de ese mármol blanco con el nombre grabado de Dionisio Jiménez Gómez, supuestamente había hueco para 3 más. Mi padre, delante de la tumba decía “aquí enterraremos a la abuela, para que estén juntos”, y añadía “yo, cuando sea muy mayor y muera, enterradme aquí mirando a la sierra”. Esto, a los oídos de un niño de ocho o diez años, al que su padre le parecía inmortal, le sonaba a cantinela de fondo, pero calaba. Lo más impactante es que cuatro meses después de oír aquello por última vez, en agosto de 1985, ese mismo invierno, el que estaba enterrado allí era él. Mi abuela sobrevivió a su hijo, mi padre, 14 años más. Allí reposan los tres y a ellos se unió años más tarde mi tía Carmen. La vista de la sierra es maravillosa, pero su sentencia fue implacable y ahí entendí por qué ese macizo granítico y con cierto tono cetrino oliváceo me imponía a la vez que me atraía. Su poder hipnótico te podía matar, pensé durante muchos años mientras fantaseaba con que mi padre no yacía mirando a Gredos, sino que nos había gastado una broma macabra para perderse en la montaña. Pensaba genuinamente que un día aparecería en casa para volver a enseñarnos todas esas rutas a pie por la sierra que nunca más pudimos disfrutar juntos mientras cantábamos sus canciones de campamento de claro sustrato falangista, pero que yo y a mí, que en aquellos maravillosos principios de los ochenta, ni sabía que significaban ni que signo tenían, sin embargo me parecían las mejores canciones del mundo y las cantaba con una felicidad que me explotaba en el pecho, porque estaba con él y porque él era mi gigante preferido sobre cuyos hombros me sentía seguro. Creo que nunca me bajé de ahí y nunca lo haré.
Pero le perdí tan pronto, que tengo la enorme suerte de mantenerle en mi memoria con tanta intensidad como la luz del verano, el frescor de las noches, el olor a leña, los paseos en carro por los campos de tabaco y maizales del tío Floren, la espesura tosca de la tasca de la calle Umbría (antes Calvo Sotelo), las carreras olímpicas por las escalinatas de la Iglesia, las gargantas regadas por el agua deshelada de los neveros, el pilón de Chilla, los partidos de fútbol en Cantalejo y esas visitas al lugar desde donde mejor se divisa el macizo central de Gredos, al que hay que mirar poco tiempo, muchas veces, porque si te prendes, te mata. Y como no, coronando todo, la torre de la iglesia, en la que mi padre se empleó a fondo como monaguillo y de la que nos contaba historias que habían ocurrido allí y que podrían ser tan verídicas como imposibles. Historias inquietantes y extraordinarias a partes iguales. Curiosamente, el único elemento del pueblo que desafía a la mole granítica del macizo de Gredos y la mira descarada a los ojos, es la torre de la iglesia, y ahí está. El resto del pueblo le da la espalda. A veces pienso si la maldición y el atractivo imparable, cual sirenas retando a Odiseo, no es el de la sierra, sino el de la torre. Por eso siempre que paso, la miro poco rato, pero muchas veces, por si acaso, porque si te prendes, te mata.
Candeleda es mi memoria, pero ya casi no voy. Todo lo demás se desvanece mientras sigo avanzando a los hombros de mi gigante. Me quedo con mis recuerdos y sigo creando otros nuevos, para los que subieron a los míos.


Nacho, que bellas palabras desde la indeleble primera memoria, me han alegrado y entristecido a partes iguales, te felicito por ellas y por este espacio que siempre nos invita a reflexionar y ser críticos.
Recuerdo, por mi parte, cuando me enseñaste de primera mano, esa ruta que tan bien conocías hacia la Laguna Grande, y posterior vivac (recordarás durmiendo al jugador de subbuteo). Iba refunfuñando todo el camino de ida, sin entender todavía la grandeza del entorno, la convivencia en ruta y la montaña, vaya regalo que acababas de hacerme amigo.
Por todo esto, y el resto que has compartido todos estos años conmigo, te doy las gracias de corazón. Un abrazo fuerte.